En 1939, el fisiólogo norteamericano Walter Cannon, describió los mecanismos fisiológicos que intervienen en el mantenimiento de un equilibrio físico-químico esencial para la salud del organismo, nombrando a este mecanismo como homeostásis.
La definió como el equilibrio necesario para la adaptación exitosa y la supervivencia, frente al trabajo permanente del organismo de estar expuesto a cambios externos e internos. Descubrió que este mecanismo regulaba cinco sistemas fisiológicos esenciales para mantener la vida, entre ellos, la tensión arterial, la temperatura y la cantidad de oxígeno en sangre. Cualquier modificación de nuestro entorno externo o interno, produciría modificaciones en este mecanismo.
En 1956, el fisiólogo y médico austrohúngaro Hans Selye, presentó el libro “El estrés de la vida”, dándole nacimiento a un concepto médico que se convertiría, a partir de ese momento, en el mayor riesgo para la producción de enfermedades, tanto físicas como psíquicas.
Inicialmente, este investigador definió el concepto de estrés como “la respuesta inespecífica del organismo a cualquier demanda sobre él”. O, como “todas las respuestas del organismo como consecuencia a todas las demandas ejercidas sobre ese organismo”.
Para Selye, el estrés comenzaba a convertirse en un factor de riesgo para la salud, cuando la situación externa o interna que producía la respuesta de estrés, llamada estresor, se mantenía el suficiente tiempo para romper las condiciones mínimas de regulación homeostática. Es decir, el organismo no lograba re establecer el equilibrio por sí mismo. No lograba auto regularse.
¿Cuáles serían los estresores cotidianos presentes en la vida de todos nosotros?
Por ejemplo, cualquier situación que nos produce miedo, o angustia o rabia y que persiste mucho tiempo activa. Es decir, situaciones que no podemos resolver concretamente o, cuyos efectos no podemos elaborar emocional y psíquicamente, y siguen activas en nuestro organismo/psiquismo, produciendo efectos no deseados.
Es importante tener en cuenta que esos estresores pueden ser reales y concretos, o pueden ser tan solo rememoraciones de situaciones que sucedieron en el pasado, pero que no han podido ser resueltas internamente. Se ha podido comprobar científicamente que los recuerdos producen la misma reacción bioquímica y fisiológica que la experiencia directa. De este modo, los recuerdos de situaciones traumáticas pueden producir la misma respuesta de estrés (ataque/huida) que la experiencia directa.
La respuesta de estrés en el organismo se mantiene activa debido a la secreción de hormonas vinculadas a él: fundamentalmente cortisol, adrenalina y noradrenalina.
Si la situación de estrés sigue activa, como por ejemplo los recuerdos que no pudimos elaborar, también siguen activas las condiciones que van a generar el desgaste del organismo por estrés crónico. De este modo, queda abierto el camino hacia la enfermedad, tanto orgánica como psíquica.
En la última década, los bioenergetistas que pertenecemos al IIBA, aprendimos a valor profundamente el concepto de autoregulación, y aprendimos a trabajar sobre la concreción de este estado. Hemos modificado la teoría y la técnica clásica de la bioenergética para incluir formas de trabajo que potencien el valor de conceptos clásicos como respiración y grounding, como herramientas regulatorias.
La bioenergética tiene herramientas en su mismo cuerpo teórico y técnico que impactan directamente sobre el nivel fisiológico del organismo. Es claramente observable durante una sesión terapéutica o una clase de ejercicios como el ritmo que la persona tenía en el comienzo de nuestro trabajo, va modificándose. También es claramente observable que a muchas personas les lleva mucho tiempo hacer modificaciones. ¿Será esa dificultad la evidencia de una alteración de larga data que se presenta en varios niveles al mismo tiempo?
Claro que sí, fundamentalmente, a nivel fisiológico y a nivel psíquico. Es claro para nosotros que si no logramos transformar el nivel fisiológico, no lograremos modificar profunda y permanentemente el nivel psíquico. De este modo, seguimos sosteniendo el concepto de identidad mente-cuerpo, que ya Wilhelm Reich descubrió. También lo hacemos desde la mirada actual del tratamiento del estrés.